Por: Victoria Pereda
Han pasado 87 años desde aquella mañana gris en París en la que murió César Vallejo. La llovizna parecía cumplir un designio íntimo, casi escrito de antemano, como si la ciudad europea hubiese decidido acompañar en silencio la partida del poeta que supo convertir el dolor en lenguaje.
Nacido en Santiago de Chuco en 1892, Vallejo conoció desde temprano las asperezas de la vida. Entre idas y vueltas entre Trujillo y Lima, fue moldeando una voz distinta, ajena a los moldes de su tiempo. La publicación de Los heraldos negros marcó el inicio de un camino que pronto se volvería radical con Trilce, obra que rompió estructuras y anticipó nuevas formas de decir.

Foto: ANDINA/Archivo
Su vida no estuvo exenta de sombras. Una acusación injusta lo llevó a prisión en 1920, experiencia que marcaría su escritura con una profundidad humana inusual. Años después, partiría a Europa sin saber que ese viaje sería definitivo. En Francia y España sobrevivió entre el periodismo, la docencia y la traducción, mientras su obra crecía en intensidad y reconocimiento.
Fue en 1938 cuando la historia se detuvo en un viernes santo lluvioso. No fue jueves, como escribió, pero la intuición poética se acercó con precisión inquietante. Su muerte no apagó su voz; por el contrario, la expandió. Hoy, su obra sigue siendo estudiada en todo el mundo, reafirmando su lugar como una figura esencial de la literatura del siglo XX.

Su poesía, profundamente humana, dejó versos que aún resuenan con una vigencia desgarradora:
"Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave."
Y en otro de sus textos más recordados, la ciudad vuelve a aparecer como escenario final:
"Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo."
Así, entre la lluvia y la memoria, Vallejo permanece. No como un eco lejano, sino como una presencia constante que sigue interrogando al mundo desde la palabra.